Una fusión exquisita

De los orígenes del tatuaje a las tribus suburbanas de motociclistas

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Domingo, 29 marzo 2015 1030 Views 0 Comments
Una fusión exquisita

En las sociedades más primitivas, aquellas provenientes de mundos orientales, africanos y oceánicos, el arte de grabarse la piel tuvo un significado que podía ser social, religioso o incluso místico. En Occidente, sin embargo, el tatuaje fue símbolo de infamia, criminalidad y atracción de circo del crimen. No es hasta la primera mitad del siglo XX cuando, con su proliferación en círculos marginales, el tatuaje se convirtió en señal de identidad de tribus suburbanas. Con el tiempo, este arte pudo despojarse de su carácter marginal para convertirse en un adorno corporal compartido por todos, o casi todos. Es hoy una tradición que llega desde la antigüedad hasta nuestros días.

Los motociclistas o bikers, por su designación en inglés, eran una de estas tribus suburbanas. Sus miembros se relacionaban a través del motociclismo no deportivo y se caracterizaban a partir de ciertos rasgos estéticos entre los que se situó el tatuaje. Esta tribu surgió en los Estados Unidos de la postguerra, a mediados de la década de los 40’, y se constituyó a partir de excombatientes de la II Guerra Mundial. Veteranos que pasaron de conducir bombarderos B-52 a una Harley Davidson, de portar el uniforme camuflado a vestir chaquetas de cuero con parches, de estar rapados a llevar la barba y el pelo largo. La Asociación de Motoristas Americanos (AMA) no tardó en señalarlos como responsables del incidente de Hollister en 1947. Los denominó como un 1% de motociclistas afamados y violentos. Pero el eco de las declaraciones se desvaneció y, un año más tarde, los veteranos fundaron el primer capítulo de los Ángeles del Infierno en San Bernardino, California, y tomaron como pilar aquel “1%”.

El nacimiento de los Ángeles del Infierno en España tuvo un origen similar al de su homólogo estadounidense. Proviene de Centuriones, un par de mensajeros barceloneses, que se unieron para crear un grupo de motociclistas al estilo más norteamericano. Años después, en 1996, la policía detuvo a todos los miembros del capítulo de Barcelona y acusó a catorce de ellos de asociación ilícita y tráfico de drogas y armas. Una vez puestos en libertad, el grupo se instauró como Ángeles del Infierno en el número 21 de la calle Fluvia de Barcelona. Se constituyeron como una hermandad, como una familia con la que encarar los problemas. Y, en cierto modo, como una especie de sociedad con normas propias.

La historia de los Ángeles del Infierno siguió expandiéndose geográficamente por el mundo, y quienes se identifican hoy con el “1%” lo hacen para indicar que no siguen las reglas de la AMA, ni de ninguna otra. Dentro de los motociclistas, son considerados como los más radicales, como los “fuera de la ley”, aunque no lleven a cabo acciones delictivas. Albert, Ángel del Infierno de 43 años y propietario de un estudio de tatuajes, afirmó en un entrevista al diario El País: “Las motos son la válvula de escape de lo que no nos gusta. Nuestro mundo no es tan diferente al vuestro. Lo que pasa es que nosotros vivimos en él de lunes a domingo”.

Perspectiva del tatuaje en la cultura motociclista de Navarra

El tatuaje es visto hoy desde una nueva perspectiva. Su popularización en las sociedades urbanas ha llevado a consagrar al cuerpo como un templo de autoafirmación. Iosu Señas, de 44 años y propietario de Black Tattoo, llegó a la profesión hace diecinueve a través del ambiente biker en el que se dedicaba a xerografiar motos y cascos. Considera que la función del tatuaje puede ser de carácter estético o simbólico —para distinguirse de otros individuos—. Carácter que, en Navarra, no constituye uno de los pilares que caracterizan a la cultura motociclista, no es signo de su identidad. “Las comunidades actuales de motociclistas en Navarra no se distinguen del resto del público en general. Por lo tanto, no hay símbolos que las diferencien. En Estados Unidos, u otras partes de Europa, sí existen estos símbolos o biker gangs”.

Es el caso de Óscar Lacalle, más conocido como “El Tigre”, para quien los tatuajes guardan poca o casi ninguna relación con el estilo de vida motero. Lleva tatuado un escorpión en la espalda, recuerdo de su paso por la división de fuerzas especiales del ejército, la cabeza de un centurión romano rodeada de un sol en llamas con los nombres de su padre —que falleció el año pasado—, su madre, sus hermanos y sus hijas, justo en el pecho y cerca al corazón, y símbolos chinos en las piernas que significan: “Tigre, amor, pasión y honor por la vida”.

Pero, aunque el arte de grabarse la piel no haya proliferado como estilo de vida en los bikers navarros, aún pueden encontrarse personajes como Alejandro López, que tuvo su primera Mobylette a los 14 años y pronto fusionó su afición por las dos ruedas con su pasión por la tinta. Lleva tatuada la Cruz de Malta en su pecho, una indígena que recuerda a la de la leyenda de Pocahontas en su brazo derecho “una chica que no se va a perder nunca”, y el “1%” en la parte baja del mismo brazo. A los 45 años, sus pendientes de atrapasueños suavizan su retrato de motero empedernido y le hacen parecerse más al de un nómada. Este detalle no es fruto de la casualidad, entre los motociclistas, Alejandro es más conocido como “El indio”.

Se inició de pequeño con películas como “Easy Rider” en la que dos jóvenes emprenden un viaje de Los Ángeles a Nueva Orleáns con el propósito de descubrir Norte América. En producciones como esta, los motociclistas aparecían junto a su moto y los indios, junto a su caballo. “Los indios me han llamado siempre la atención. Eran libres, respetaban a las personas y vivían en sus tierras sin molestar a nadie. Me sentí identificado”. La cultura indígena no es solo un rasgo de su personalidad, es su vida entera.

Uno de sus primeros tatuajes fue un brazalete con un atrapasueños colgando. “Estaba un poco reacio a hacérmelo. Llevaba el pelo largo, pendientes, y ahora un tatuaje. Al buscar trabajo dirían que era un macarra. El tatuaje se ha asociado siempre a los carcelarios”. Un tabú, como muchos otros, que no fue obstáculo para Alejandro. Hace parte del cuerpo de seguridad de un edificio de oficinas. Cuenta que va a trabajar con coleta, traje y corbata. Cuando llega a casa, cambia el traje por el chaleco, la corbata por las camperas, y se va a dar una vuelta en su moto. “Me siento libre. Somos la carretera, la moto y yo”.

Conduce su motocicleta custom al más viejo estilo de los Ángeles del Infierno: melena al viento, barba y bigotes blancos. Es un personaje que no pasa sin dejar rastro: “Hay veces que se siente raro. Te sacan una foto porque no eres una persona normal. Se siente como quien va al circo y la foto es con el gorila o con el elefante”. Más allá de la faceta que se pueda percibir a simple vista, los custom no son tíos rudos, son motociclistas que aman la carretera, tranquilos a la hora de conducir: “No verás jamás acelerones fuertes, que derrapen con la rueda hasta reventar la cubierta. Verás un paño dándole brillito a lo plateado”.

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Andrea Cano

Hasta hace muy poco tiempo, el mundo de las motocicletas era algo desconocido para Andrea Cano Botero. Un mundo del que sabía muy poco: ruedas, cilindros y una coraza de metal. Motonorte.es ha despertado en ella una curiosidad que podría convertirse en pasión. Pasión por la velocidad y sus emociones fuertes.

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