Un camino mejor

Vicente Soldevilla es motero desde pequeño. Es una persona de 51 años que compite en moto y que no concibe su vida sin ella, ya le salvó de otros mundos como el de las drogas

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Martes, 21 abril 2015 1889 Views 0 Comments
Un camino mejor

Suena la música de la radio en el taller Vicente Motos (Calahorra). Es oscuro. En las paredes hay varios posters, uno de Marc Coma que parece que está mirando las motos que tiene justo debajo, amontonadas dentro del taller. Son motos, sobre todo, de enduro. Cada una tiene una historia, cada una ha recorrido muchos kilómetros, cada una está esperando a una revisión en el taller Vicente Motos o a que alguien las vuelva a poner a prueba.

Apenas entra luz por la puerta, pero se puede apreciar que hay algo especial en el taller. Hay cuatro personas dentro. Un hombre de estatura media, con el pelo corto y moreno, sale de una pequeña habitación con una sudadera roja de la Federación Navarra de Motociclismo.

En el taller hay muchas copas ganadas en campeonatos. Tienen polvo. Las que más tiempo llevan son 23 años, que es el tiempo que el taller lleva abierto. Hay unas 64, todas conseguidas por Vicente Soldevilla, el dueño del taller y un enamorado de las motos, aunque no son todas las ha conseguido, porque hubo un momento en el que no le cabían más.

Vicente nació el 5 de abril de 1964 en un pueblo de La Rioja, apenas a unos 12 kilómetros de donde tiene el taller. “Desde que tiene uso de razón le han gustado las motos”, dice su madre, mientras Vicente asiente con la cabeza y completa diciendo que no solo las motos, sino “cualquier cosa que sonaba y hacía ruido, para mí era fantástico”. Vicente no se extraña cuando le dicen que perseguía las motos cuando era pequeño. Pero en su familia, ni su padre ni su madre ni sus hermanos han sentido lo mismo que él. Al contrario, veían que era “un deporte agresivo”, según explica Vicente, y no le apoyaban, pero nunca se lo llegaron a prohibir. Y ahí estuvo la clave.

Dejó la bici a los once años para empezar a “quitar” motos. Como no tenía ninguna tuvo que tomarlas prestadas. Las primeras “víctimas” fueron sus primos mayores. Dice que era fácil conseguirlas, porque, según él, “gozaban viéndome cuando montaba en moto”. No fue la única motocicleta que cogió prestada. Su primer recuerdo con este tipo de vehículo fue a esa misma edad. Una mañana, la cuadrilla decidió quitarle la moto al padre de uno de ellos. “Parecía que habíamos andado en moto siempre”, recuerda entre risas Vicente. Lo dice porque cuando la cogía él, conseguía que saliese a la primera sin calarse. Al montarse y acelerar pensaba en lo que hacía su padre con el camión y “así era fácil”.

Dos años más tarde consiguió que su hermano mayor, que tenía 16, compartiese la moto que utilizaba como vehículo para desplazarse entre los pueblos. Era una Puch Minicross. Pero Vicente no quería la moto para desplazarse a San Adrián o a Arnedo. Él la quería para “ir al monte, subir, bajar, hacer de todo”. Parecía que iba por el buen camino.

La cogía “en cuanto la dejaba” su hermano y huía al monte para tener “un poco de carta blanca, porque en el monte era libre”. Nadie le decía nada por correr. El problema surgía a la hora de entrar o salir del pueblo, que no le quedaba otro remedio que ir a “escondidas” para que nadie le viese.

Cuando estudiaba el módulo de Formación Profesional en maestría industrial en Calahorra, a los 18 años, tenía pensado comprarse una moto. Suya, que no fuese de nadie más y que la pudiese coger cuando quisiese. Para conseguir este sueño, empezó a trabajar en un taller de motocicletas. El plan era duro. “Por las mañana estudiar y por las tardes a trabajar en el taller”, explica Vicente. Pasaba casi diez horas ahí metido arreglando y aprendiendo de motos. No le importaba, porque era lo que le gustaba. Esa dedicación tenía un beneficio económico, por el cual consiguió reunir la cantidad de dinero que necesitaba para comprarse una Montesa H7, porque su padre le dijo que “¡no moto, te compras un coche!”. Pero Vicente no estuvo de acuerdo y se lo pagó con el dinero que había conseguido con el sudor de su frente.

La moto empezó a ocupar uno de las primeras posiciones en su cabeza. Cuando era joven le gustaba todo de este vehículo, ahora con el paso de los años y con otra perspectiva lo que destaca es “estar en el monte, en la naturaleza”. Para eso, según el mecánico, es “necesario medirse”. Controlar la adrenalina de montar en moto y la capacidad de contemplar el campo que se recorre.

Por lo que dice Vicente, “antes era fácil correr en el monte, ahora es más complicado”, porque hay algunos naturalistas que intentan proteger el hábitat de los animales que viven en las zonas en las que montan en moto. Pero esto para Vicente, no es un problema porque le parece que “están pintando una película que no es real”.

A los 23 años montó su taller en el Polígono Industrial La Algarrada número 7 en Calahorra. Hoy sigue en el mismo lugar. Lleno de motos. Algunos de sus clientes están encantados con el servicio que presta y no dudan en pedirle que se acerque a otras comunidades como Castilla León o Navarra.

Pero Vicente no se conformó con su propio taller y “hacer de su hobby su profesión”. A los 28 años, pasó de montar en moto por el campo a competir en el Campeonato de España. No hizo nada para buscarlo, solo “estar en el sitio apropiado, con las personas apropiadas”, que le empezaron a mostrar un camino muy atractivo.

Su carrera como corredor empezó en 1998 con el mejor acompañante posible: Salmiña, un piloto que fue campeón del mundo de enduro. Las carreras eran más duras que las de ahora, porque “ahora ha bajado el listón”. La duración era de ocho horas. “Iba ocho horas, nueve, a veces, pegado a Salmiña”. Como todo campeón, hacía lo difícil, fácil y eso hizo que aumentara el nivel de Vicente. El ritmo, según cuenta Vicente, era intenso. En muchas carreras “terminaba con la lengua fuera y Salmiña, dentro”, confiesa el mecánico. “Es algo digno de pagar, pero a mí me salió gratis”, agradece Vicente.

Pero de todo esto saca un buen consejo para los moteros que quieren empezar. Solo dice, y lo repite una y otra vez, “copiar, porque para andar hay que andar con gente buena, con gente fina, gente que lo haga fácil”. Pero no es el único consejo que da a los pilotos que se acercan al taller para pedirle consejo. La idea principal, la sugerencia que quiere que se les quede a los pilotos jóvenes es que “cuando se coge la moto, los huevos se quedan en casa”. Y lo predica con el ejemplo, en cada carrera que participa. En Ayegui, la primera edición del Campeonato Navarro de Cross Country de 2015, lo demostró, aunque “podría haber sido más cuidadoso porque me llevé una pedrada en la cara que me costó dos puntos”, reconoce.

Cuando tenía 30 años, pensó en dejar las motos. No lo consiguió. Ahora tiene 51 y sigue compitiendo con “chavales”, pero no tiene pensado dejarlo. En su larga trayectoria sobre las dos ruedas, solo se arrepiente de haber hecho el animal en algunas carreras, porque le “podría haber salido caro”, confiesa. Y a los jóvenes con los que sale y enseña es algo que les inculca sin tapujos.

El objetivo que se marca es seguir divirtiéndose. A los 30 años estuvo cerca de dejarlo, pero no se resistió a continuar compitiendo y “andando en moto” con amigos y con conocidos que aprenden mucho de él. Y espera seguir otros 20 años para poder decir: “Tengo 71 años y todavía sigo subiendo cuestas”.

Con los años ve todo de manera diferente. Antes, le llamaba la atención toda la moto. Ahora, son los momentos para disfrutar. A la pregunta de si ha merecido la pena, no se lo piensa: “Sí, ha merecido la pena”. Pero no solo porque sigue disfrutando, sino porque recuerda a aquellos amigos que no querían montar en moto y que ahora están “criando malvas” por drogas y otros estupefacientes. Cuenta Vicente que los padres de su cuadrilla no les dejaban coger la moto, pero que ahora lo cambiarían si pudiesen. “Si volviese atrás –añora Vicente– les diría que el camino de las motos es mejor, bastante mejor”.

Motero desde pequeño

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Ignacio Dusmet

Puede contar con los dedos de una mano las motos en las que se ha montado. Se embarcó en esta aventura con otros once –los mejores– porque era la oportunidad de poner en práctica un consejo que le dieron hace años: “Abre la mente y ya verás cómo te llegará a gustar”. Y así ha sido. Las motos han pasado de ser algo que molestaba en la carretera a ser un mundo apasionante y por descubrir historias, personas y alegrías.

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