Motero Rural

Estanislao Induráin Ibarrola no se separa ni de su huerto, ni de su moto

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Jueves, 26 febrero 2015 1021 Views 0 Comments
Motero Rural

El sol de febrero no se deja ver en Tafalla. Chispea y el ambiente está triste, gris. Estanislao Induráin Ibarrola tiene 77 años y una Mobylette roja modelo AV-90 Rural en la que va a su huerto todos los días. Hoy también, a pesar de las nubes. Es su cuarto ciclomotor. A los 30 años por fin abandonó su bicicleta y compró una Vespino blanca con la paga del 18 de julio. No recuerda el modelo pero sí que se la robaron del chalet donde vivía. Venía de recoger verduras, la dejó apoyada en la puerta de casa y cuando salió, ni rastro. “Por lo menos los espárragos ya estaban a salvo”, bromea.

No quería volver a la bici, así que su siguiente adquisición fue otra Vespino, esta vez azul. Cuenta entre risas que cuando ya tenía esta segunda moto, le llamó un amigo mecánico. “Tanis, un gitanillo de Barásoain me ha traído tu Vespino blanca para vendérmela. Ven por ella, pero hazte el sorprendido, y no me lo espantes, que es muy buen cliente”. Así que Tanis recuperó la primera moto, aunque la jubiló poco después. Y se repitió la historia: la Vespino azul fue secuestrada. “La dejaba enfrente del despacho de vinos donde trabajaba, apoyada en un árbol sin más candado ni más nada, y pum, se la llevaron”. Se hizo con una Mobylette, esperando que esa no se la quitaran, pero la maldición hizo de las suyas una vez más. Tanis ya no se fía de dejarlas en la calle, desde hace tiempo lleva la moto a dormir al garaje de su hermana.

Al preguntarle si cambiaría su moto por una más grande, niega con la cabeza. Comenta que, para sus servicios, con esta le basta y le sobra. Tiene 15 años y va perfecta. Traza una media sonrisa y abre mucho los ojos, un poco verdes y un poco marrones: “Cuando se termine esta moto, me termino yo también”.

El camino principal de todos sus ciclomotores ha sido de casa al huerto y del huerto a casa. Aunque sí que ha usado las Vespino para ir de poteo algún domingo a la plaza, porque eran “más curiosicas”. No suele montar a nadie en su moto. Su mujer es muy movida y eso no es bueno para el conductor. La ha llevado muy pocas veces, como cuando a ella le hicieron rozaduras unos tacones nuevos y no podía andar para volver a casa. Sus pasajeros habituales son patatas, acelgas, cardo o achicoria: la barca de plástico que tiene instalada en la parte trasera de la moto aguanta 25 kilos.

Tanis va a dar otra vuelta con la moto. Se pone una gabardina granate que ya está descolorida. No le gusta ir con el abrigo de vestir, por si tiene que tocar algo del mecanismo y se mancha con la grasa de la cadena. En cambio, el casco está nuevo. Es un modelo jet con pantalla, de color negro y dos líneas blancas. Lo enseña orgulloso y cuenta que se lo han echado los Reyes Magos. No usa los pedales para arrancar la Mobylette sino que antes de montarse la agarra del manillar y echa una pequeña carrera con ella hasta que el motor suelta un rugido tímido. Se sube y acelera. Gira en el primer cruce, su brazo izquierdo es el intermitente.

Mobylette <span>by Ángela Irañeta</span>Mobylette <span>by Ángela Irañeta</span>Mobylette <span>by Ángela Irañeta</span>Mobylette <span>by Ángela Irañeta</span>Mobylette <span>by Ángela Irañeta</span>Mobylette <span>by Ángela Irañeta</span>Mobylette <span>by Ángela Irañeta</span>Mobylette <span>by Ángela Irañeta</span>Mobylette <span>by Ángela Irañeta</span>

Ángela Irañeta

Oteadora de historias sobre dos pies, dos manos... O dos ruedas. Estudia Periodismo en la Universidad de Navarra y es la subdirectora de la publicación.

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