Un tatuaje interior

Cuatro navarros pasaron diez días en moto recorriendo 2.500 kilómetros por el Sahara y el Atlas

Lifestyle
Viernes, 24 abril 2015 1379 Views 0 Comments
Un tatuaje interior

Marruecos es un país por descubrir. Se puede conocer de muchas formas diferentes. Una de ellas es pasar ocho días sobre dos ruedas recorriendo 2.500 kilómetros por el Sahara y el Atlas. Pero pasa factura. Ocho días cogiendo el manillar sin interrupción y poniendo la máxima concentración. Eso deja huella: unas manos morenas, fuertes, con cuatro grandes callos blancos en cada palma, las muñecas hinchadas y las manos inflamadas.

Estas son las manos de Miguel Alfaro Ibáñez una persona de 31 años propio de Mélida, un pueblo sitiado en el valle de Aragón. Se dedica al cultivo del cereal. Es autónomo. Hay temporadas que tiene muchísimo trabajo y no puede dedicarse a otras cosas. Sin embargo, cuando la época es más relajada, le dedica tiempo a su mayor pasión: las motos de enduro.

En Mélida hay una casa de ladrillo marrón de dos pisos. Las ventanas miran hacia el valle de Aragón donde hay una vegetación densa con el río Aragón atravesándolo. La observación de este valle lleva al silencio, a pensar en lo que uno tiene entre manos. A Miguel le hace recordar la aventura que vivió en Semana Santa con su “amante”, una KTM 450 exc., que guarda en un almacén con un tractor y otros objetos que utiliza para su trabajo. Cuando quiere darse una vuelta con su “amante”, va a casa de sus padres y anda unos 50 metros hasta llegar a este almacén. Abre la gran puerta verde y, entre la escasa luz que entra por el marco de la puerta, se ve la KTM apoyada sobre la pata de cabra que tiene a la izquierda. Tienen una pegatina del Dakar en el frontal de la moto. No es la única que tiene porque detrás del asiento también tiene otra, esta vez no es del Dakar, sino de un taller del norte de Marruecos. Ha recorrido 2.500 kilómetros en esa moto.

La compró hace unos años por 7.000 euros. Esta moto de enduro es una de las más fuertes que hay, debido a su combinación de peso ligero y por la tecnología incorporada. La carrocería lleva los colores de esta marca, el naranja en la parte delantera y el blanco en la zona trasera. Es muy dócil, aunque muy potente, en cuarta la máquina se levanta. Tiene 55 caballos de potencia, una cifra considerable para una moto de enduro.

Cuando Miguel vuelve a casa de sus padres, apoya la moto sobre su pata y se estira para quitar el candado de la puerta exterior, unas verjas verdes de metro noventa, y luego abre la puerta marrón de su “pequeño taller”. Nada más entrar a la izquierda hay unas estanterías con muchas herramientas relacionadas con el mundo del motor y con la agricultura. A cinco pasos de las estanterías, en la pared de la derecha, hay un perchero para colgar parte de su equipo de enduro: el pantalón amarillo con sus protecciones en las rodillas y a lo largo de las piernas y la camiseta de manga larga también amarilla. Debajo del perchero tiene unas botas negras que se parecen a las de esquiar, aunque son más grandes y le llegan a la mitad de la espinilla. Estas botas tienen cuatro enganches, hacen que el tobillo vaya protegido de los golpes y caídas que pueda tener. Al lado de las botas está una parte muy importante del equipo, quizá la más importante, el casco. Este combina tonos negros, grises y tres franjas verdes verticales. Es marca Monster. Lleva las gafas enganchadas al casco. Desde fuera se ve que es azul, antireflectante, pero por dentro tienen un tinte amarillo. Aunque en el casco, si uno se fija, tiene unos enganches distintos al modelo correspondiente. Es un apaño que hizo Miguel en el taller Vicente Motos de Calahorra.

En el taller Vicente Motos es donde empezó a cuajar la aventura de Marruecos hace ya un año. Tuvo que ir para reparar la moto. Es un taller pequeño lleno de motos, sobre todo de enduro, aunque también se pueden encontrar Scooters, alguna Vespa y motos de Trial y MotoCross. En la pared hay varios posters colgados relacionados con el mundo de las motos. La luz es débil, la del sol entra por la puerta, pero se refuerza ligeramente con la artificial. Mientras Miguel esperaba a que Vicente terminase de arreglar su KTM se encontró con Julio Ojer, una persona de Tafalla de 33 años que tiene una empresa de excavaciones llamada Cañuca, de donde viene el mote de “Cañuca”. Miguel y Julio se conocen desde la infancia. Después de un rato hablando y recordando viejos tiempos, Julio le contó sus planes de Semana Santa: ir a Lisboa en moto. A Miguel se le iluminó la cara. “Iría encantado, pero no puedo porque ya he quedado con unos colegas para hacer barranquismo”, le confesó a Julio, que le ofreció embarcarse el año siguiente en una aventura más exótica: Marruecos.

Desde aquel día, Miguel soñaba con este viaje. Era la primera salída de España con su moto. Estaba emocionado. Empezó a hacer planes para ir con el grupo de colegas con los que montaba en moto. Se lo propuso a seis amigos en una boda en septiembre 2014. En un principio aceptaron todos, pero con el paso del tiempo se fueron cayendo. Algunos veían el plan como una locura, otros por diversos compromisos no podían. Miguel empezó a temerse que no saliese el plan. Cuando el cuarto le dijo que no, llamó a Julio para decirle que se cancelaba la salida. Pero Miguel se llevó una sorpresa porque Julio le propuso que se fuese con ellos, que iban solo tres. Y ahí fue cuando empezó todo.

Miguel conocía a dos de los cuatro que iban a ir a recorrer la tierra de los tuareg, aunque los otros tres sí que se conocían. El grupo final de navarros que se lanzó a la aventura estaba formado por Miguel Alfaro, Julio Ojer, el guía, Iosu Ojer, original de Tafalla, operario en una fábrica de Pamplona, y que ya había coincidido antes con Miguel en alguna salida en moto por Ujué, y Javier Sola, de Tafalla también, donde trabaja como mantenedor en una fábrica, y al igual que Miguel era su primera bajada a Marruecos.

La preparación era importante y había que preparar muchas cosas. “No se puede dejar nada al azar”, dice Julio. Él era el que iba a hacer de guía debido a sus cuatro bajadas al Sahara y al Atlas.

Todos tenían experiencia de rutas, pero no a este nivel. Julio había bajado cuatro veces y conocía a los que iban. Él era el guía debido a su experiencia de pilotaje, navegación y mecánica. Según dicen los otros tres es el más sensato y con más sangre fría del grupo. Iosu es otro que ya había bajado alguna vez, pero no tenía la misma experiencia que Julio. Le definen como “un excelente piloto de enduro” y orientaba a Miguel y a Javier con consejos “claves”. Javier y Miguel se estrenaban. Iban ilusionados. Javier aportaba conocimiento sobre la mecánica y consejos al estilo de Iosu. Miguel también contribuía al “buen ambiente” con sus comentarios y a relajar el ambiente cuando empezaba a calentarse, que fueron muy pocas veces.

La preparación fue larga. Julio escribió una “guía” para ayudar a sus compañeros a preparar el viaje. Estos pasos acaparaban todo tipo de campos como: la equipación, los papeles, la documentación de los seguros, del equipaje e incluso de la moto.  En todas las motos hubo que hacer cambios, prepararlas para las condiciones extremas a las que se iban a someter. Tuvieron que cambiar ruedas, reforzar la cadena, cambiar el asiento, aumentar la capacidad del depósito de gasolina y reforzar el manillar y la carrocería.

Cuando alguien va a hacer una ruta de este estilo, o simplemente aprovecha para ir al monte con la moto, es necesario llevar protecciones para evitar cualquier accidente. En general, todos los moteros de enduro recomiendan llevar botas, rodilleras, coraza, collarín, casco, pantalón con protecciones, camiseta y guantes de enduro. Además, los cuatro navarros llevaron a África ropa térmica para protegerse del frío Atlas, un pantalón, chaqueta, chubasquero y una braga para el polvo.

Cuando ya estaba todo casi preparado empezaron a buscar billetes de ferry. La idea era bajar en coche hasta el sur y desde allí a la aventura. Pero no solo miraron billetes, sino las rutas que iban a recorrer. “Ha sido muy rápido”, dice Miguel, porque aunque tenían el plan en la cabeza desde septiembre, empezaron a prepararlo un mes antes.

Julio, además, se encargó de marcar las rutas en el GPS que iban a llevar en la moto. Pero no solo las rutas, sino también dónde parar a repostar, dónde dormir, dónde comer, dónde comprar recambios por si algo se averiaba. Todo se estaba calculando para que fuese un viaje perfecto.

Esto a los nuevos les dio mucha confianza y tranquilidad porque “no es lo mismo bajar con un tío que no conoce nada a bajar con tíos que ya saben de qué va el tema”, explica Miguel.

Una vez hechos los trámite de seguros, preparada la moto y con el equipo en las alforjas estaba todo preparado. Solo quedaba poner fecha de inicio a la aventura. El día elegido fue el viernes 27 de marzo por la noche. Hasta esa fecha cada uno se iba preparando psicológicamente para bajar a Marruecos, para bajar a “otro mundo” y disfrutar de la gran aventura.

  

No solo atravesaron el Sahara y el Atlas, sino que también atravesaron la Península. Cuando llegó la fecha indicada, viernes 27 de marzo, recorrieron los 830 kilómetros que separan Tafalla (Navarra) de Motril (Granada), donde cogían el ferry rumbo a Melilla.

Los cuatro quedaron a las 22:30 en Tafalla. Cada uno se despidió de su familia, que en ningún momento olvidaron. Javier, por ejemplo, llevaba una gran foto de su mujer y su hija en la parte delantera de la moto. Tenían por delante 830 kilómetros de carretera. La salida fue rápida.

Se dividieron en dos vehículos. Julio y Javier conducían un Honda Civic con un remolque en el que transportaban tres motos. Iosu y Miguel iban en una furgoneta con la otra moto. El viaje fue largo, pero “se hizo muy corto”, recuerda Miguel.

A la hora de conducir, para no agotarse y hacerlo de golpe, se turnaban en el volante. Miguel confiesa que iba nervioso, pero no por ser la primera vez que hacñia un viaje de estas características, sino porque para aguantar conduciendo y dando conversación a Iosu se tomó cafés y varios Red Bulls.

Al final consiguieron el objetivo: llegar a Motril a tiempo para coger el barco dirección norte de África. Los coches los dejaron donde indicaron los guardias del puerto, un poco apartados. Bajaron las motos, se vistieron, prepararon las alforjas y encendieron los motores rumbo al ferry que les iniciaría en esta aventura.

Las motos entraron en la bodega después de pasar los trámites correspondientes con la Guardia Civil. La rampa era verde. Había un comisario del puerto indicando por dónde se podía pasar. Javier con su KTM 690 entró en el interior del barco. Había algún coche ya colocado y atado, pero había que sujetar el vehículo que les iba a ayudar a conocer Marruecos en todo su esplendor. 

Después de llegar a Melilla, los cuatro estaban preparados para empezar a darle gas a las motos. Pero antes de empezar de verdad tenían que recorrer parte de los 12,5 kilómetros que tiene Melilla. Hacía sol, por lo que los navarros no se pierden ningún detalle de la ciudad fortaleza. Todavía no habían salido de España.

Por la calle podían verse personas de distintas religiones. Se nota en la vestimenta y en los gestos que tienen. Hay una familia paseando, son cinco: tres mujeres y dos hombres. Las mujeres van tapadas con dos burkas: uno rojo y uno blanco. La pequeña no lleva. El padre viste una chaqueta de cuero y un pantalón beis. El niño presenta un traje musulmán de color azul que le llega por la zona media del muslo.

En esta ciudad conviven 84.500 personas de muchas religiones como la católica, la musulmana, la judía y la hindú. Aunque destaca una, la musulmana. Melilla es la ciudad española con mayor porcentaje de musulmanes, en concreto 31.276 personas.

Una vez pasada la ciudad llegan a la frontera con Marruecos. Hay poco movimiento en la zona española. Tras el paso fronterizo llegan a los puestos marroquís. Hay varios coches esperando, pero les hacen pasar por el carril derecho. La mayoría de los guardias presentan una tez morena. Las mujeres, que cruzan a pie la frontera, llevan el burka. Están entrando en Marruecos. Al llegar al control les hacen parar y bajarse de la moto. Enseñan los pasaportes. Mientras los muestran, las personas que pasan por ahí les miran con una mirada de admiración y curiosidad.

La persona que les pide los pasaportes está fuera de una de las casetas control. No viste traje de policía como los guardias que están en la zona de la frontera. Tiene gafas de sol, el pelo negro y corto y la cara con rasgos musulmanes, con perilla y bigote. Viste una cárdigan azul marino con capucha, una camiseta amarilla y un pantalón negro que complementa con zapatos puntiagudos del mismo color. Lleva un pinganillo en la oreja izquierda. Después de revisar los pasaportes y otros papeles les deja pasar.

Cada uno se sube en su moto y se ponen en marcha. Ya están en Marruecos. La primera parada es el Motel Paris Dakar, a unos 50 kilómetros, donde llegan por la noche. Este alojamiento es popular entre los aventureros que van a recorrer el Sahara o el Atlas. Allí se pueden concentrar varias decenas de motos en el patio que está habilitado para preparar la moto y poder descansar un rato antes de ir a la cama. Los navarros llegan, preparan la moto y se meten en la cama para empezar con buen pie. En pocas horas comienza la aventura de verdad.  

Las sombras de las cuatro motos se remarcan con la luz del sol naciente que se deja ver tímidamente en una pared blanca con una línea azul pintada en la parte superior. Son los cuatro navarros que han comenzado su primera etapa, una de las más largas.

Van a recorrer 425 kilómetros hasta llegar a Tajjite, un poblado agrícola que se encuentra a treinta kilómetros de Talsint, una ciudad situada en el este de Marruecos, y que hace frontera con Argelia.

Cada uno lleva en su moto sus alforjas, su bolsa de hidratación, una pequeña mochila con un pequeño tubo transparente que va directo a la boca del motero, la reserva de dos litros de gasolina que llevan detrás del asiento y el alimento: barritas y batidos energéticas y agua isotónica. La etapa del día de hoy es por el desierto.

Salen del motel entre dos palmeras bajas iluminadas por el sol saliente. Miguel le pide ayuda a Javier para que ponga a grabar la Gopro. Un poco más adelante están esperando Iosu y Julio. No pueden aguantar más, quieren salir ya. Durante el viaje hicieron dos grupos: Javier y Miguel, que eran los menos experimentados, y Julio y Iosu, los que ya habían estado antes y conocían el terreno.

Apenas pasan coches por la carretera que hay al lado del alojamiento. A Miguel una de las cosas que más le llama la atención es la conducción de los marroquís: “¡Conducen fatal! Es todo un caos”. Pero eso no supone ningún problema para la salida. La única parada que tienen que hacer antes de salir es para poner el GPS de Julio, el único que llevan. “Bueno chavales, la ruta larga”, anuncia Julio. Aprietan hacia abajo el pedal de las marchas y ponen primera. Comienza la aventura. “A gozar”, grita uno.

Sale primero Julio, seguido por Iosu, luego Miguel y en último lugar, Javier. El viento se empieza a notar en la nariz, la única parte del cuerpo que está al descubierto.

Los primeros 90 kilómetros son por carretera. No hacen paradas. Han desayunado bien y no hay necesidad de parar. La carretera por la que pilotan es como una nacional antigua. A los lados de la carretera hay postes de luz y alguna casita pequeña. Algunas señales de tráfico están descolorida, pero las del límite de velocidad a 80 kilómetros por hora se ven a la perfección.

Han empezado una de las etapas reina, la Meseta de Rekam, una etapa que se hacía hace años en el Paris Dakar cuando se corría por estos lares. Los 475 kilómetros los recorrerán por carretera, caminos y el desierto.

Después de varios kilómetros tuvieron un “pequeño problema con la gasolina”. Ante esta dificultad decidieron parar en un mercado inusual. Es un mercado en mitad del desierto. Solo se monta una vez al mes para las personas que viven cerca y que no pueden trasladarse a las ciudades para comprar objetos que necesitan para vivir. “Menos mal, tuvimos suerte”, dice Julio. El problema es que el depósito de una de las motos estaba rajado. En el mercado buscaron la solución y la encontraron: masilla. Una pasta de Pattex, que hace una perfecta soldadura. Así consiguieron salir adelante y continuar con el viaje.

La primera fue tranquila para Julio, Iosu y Javier. En cambio para Miguel no lo fue. Según Julio: “Miguel se metió tres piñazos. Se quedó dolido de la muñeca”. Y una vez en Mélida sigue mostrando sus “heridas de guerra”, en el codo, en la rodilla y en las costillas. Miguel cuenta que salió en una ocasión catapultado hacia adelante y la segunda se clavó el manillar en las costillas, pero llevaba protecciones. Eso le salvó de que fuese algo más. Cuando le ocurrió esto a los cuatro se les pasó la cabeza aquel colega que emprendió la misma aventura, pero que volvió antes de lo previsto porque se “destrozó la clavícula”.

Después de 425 kilómetros, consiguieron llegar a Beni Tejjite. Julio les llevó a un hostal, donde pudieron dejar las motos, ponerlas a punto, cenar, fumar y dormir. Los cuatro confiesan que llegaban reventados al hostal. Lo único que querían era meterse en la cama. Esta facilidad para encontrar el hostal fue gracias a Julio, que “tenía todas las rutas marcadas en el GPS, sabía dónde había que parar a repostar, dónde parar a dormir”, explica Miguel. Estaba todo bajo control. 

Repitieron el plan de la levantada a las seis en Ben Tajjite. La ruta que iban a realizar era más corta que la del día anterior, aunque seguían siendo 229 kilómetros.  La distancia que separa Ben Tajjite de Merzouga, un pequeño pueblo situado en el sureste de Marruecos, son unos 50 kilómetros de la frontera con Marruecos. Este pueblo es el más famoso de la región arenosa (erg) de Chebbi. Además, este pueblo cuenta con el mayor cuerpo natural de agua de Marruecos. Un pueblo que no se disfruta en una noche. Esta es una de las causas de las que esta población sea uno de los destinos turísticos más solicitados.

A diferencia del día anterior no fue tan relajada. No recorrieron carretera, sino que tuvieron que atravesar caminos llenos de piedras. Eran de todos los tamaños. Las motos no llevaban mousse, sino que estaban equipadas con cámaras, lo que hizo pincharan dos de ellas. Pero ahí fue donde se mostró de qué pasta estaban hechos los navarros.

Julio pinchó la rueda delantera en una estepa con muy poca vegetación. Algunos arbustos secos y otros más verdes, pero en el horizonte no se aprecia ningún atisbo de civilización, solo unas montañas. Se pararon los cuatro. Sacaron de la alforja izquierda de la moto de Miguel, que estaba hasta arriba, las herramientas para hacer la reparación. Desatornillaron la rueda, quitaron el freno, y empezaron a quitar el neumático para cambiar la cámara. Julio se puso unos guantes de látex para mancharse lo menos posible. Iosu sujetaba la rueda y Miguel repartía herramientas. Entre todos cambiaron la rueda. “Si a alguien se le estropeaba algo era problema de todos, no solo de uno”, confiesa Miguel cuando recuerda esta escena.  Eran un equipo.

Una vez reparada siguieron con el viaje. Cada uno intentaba soportaba el calor como podía. Todos estaban equipados con agua isotónica, barritas y batidos energéticos. Llegaron al desierto. Para que la moto traccionase mejor, Julio les recomendó bajar la presión de los neumáticos de 1,5 bares, que es la presión normal para una moto a 0,5 bares, casi desinfladas. Con esto evitaban que las motos no se hundiesen en la densa arena del desierto del Sahara.

El Sahara es el desierto más cálido del mundo y con algo más de nueve millones de kilómetros de superficie es el tercero más grande después del Antártida y Ártico. Es casi tan grande como China o Estados Unidos. Su extensión ocupa la mayor parte de África del Norte.

 Por el día hacía unos 45 grados . No era extraño que a alguno de los cuatro les diesen golpes de calor, que es cuando el calor corporal supera los 45 grados. La temperatura del cuerpo superando los mecanismos de regulación que tiene el cuerpo. Esto le pasó a Miguel después de echarle una mano a Julio que se le quedo la rueda enterrada subiendo una duna. Miguel se bajó de su moto. Y empezaron a escarbar en la arena para sacra la rueda. Una vez conseguido, Miguel se empezó a encontrar mal y a sentir mareos. Decidió sentarse a la sombra de un pequeño arbusto verde que había cerca. El resto al ver que se sentaba y se quitaba el casco, se acercaron a preguntarle. “Un pequeño golpe de calor, estoy bien”, contestó Miguel. Bebió agua. Y esperó un rato. Se le fue pasando, hasta que pudo continuar.

Pero los problemas no se terminaron ahí . A pocos kilómetros de Merzouga, la moto de Iosus, la KTM 690 se quedó sin gasolina. Pero no les preocupó mucho. Se las apañaron para llegar al pueblo donde iban a pasar dos noches.

La razón de pasar dos noches en esta población es que desde Merzouga se pueden realizar rutas por la zona, por el gran desierto lleno de dunas. Además está cerca de la Gran Duna, quizá la más famosa del Sahara. Son 300 metros de altura, donde el reto para los moteros es subir hasta la cima por la gran cresta.

El segundo día que pasaron en Merzouga terminaron de deshinchar las ruedas para que traccionase a la perfección por la arena. “Aunque lo ideal hubiese sido ir con palas, pero no teníamos”, recuerda Miguel. Los depósitos estaban casi vacíos para que la moto pesase poco y así conseguir el reto de coronar la Gran Duna por su cresta.

Fue un día de diversión y disfrute. Ni Miguel ni Javier habían hecho esto antes. Estuvieron subiendo y bajando dunas todo el día. Miguel y Julio intentaron el reto. Julio, que tenía la moto más potente, fue el primero. Miguel, con la KTM 450, le siguió. Empezaron a subir por la cresta. Era un reto difícil que no todos consiguen. Era muy empinada, la arena forma una especie de cortado muy pronunciado. Julio empezó a sacarle distancia a Miguel, pero la moto empezaba a ahogarse. A unos metros de la cima la moto no podía más. La moto estaba al máximo en tercera. Julio tuvo que girar para no caerse y descender la Gran Duna por la izquierda. Miguel se paró a unos siete metros de la cima. Desde allí se podía ver el inmenso desierto con manchas de los matojos que presenta el Sahara. Un mar de arena sin límites al ojo humano, una belleza incomparable. Se iba acumulando la emoción en Miguel.

Después de subir y bajar dunas durante horas, se ponía el sol. Miguel recuerda las puestas como “una barbaridad”. La duna se metía en el sol y daba un tono de color distinto. Cuando desapareció por completo la noche mostraba todo su esplendor. El desierto debajo de las estrellas , sin ningún ruido, “eso es para ir una vez en la vida”, recomienda Miguel. 

Después del día de descanso, tocaba ponerse manos a la obra. Tenían que recorrer 270 kilómetros hasta Mhamid, un pueblo pequeño en el sur. Aunque al final terminó siendo más de lo que había previsto Julio. “La etapa fue bonita”, reconoce Julio. Tenían que atravesar el desierto.

Salieron a las seis de la mañana, como las anteriores etapas. Estaba saliendo el sol. Los cuatro seguían dispuestos a disfrutar sobre la moto en el desierto. No les bastaron las dunas que habían subido y bajado el día anterior. Necesitaban más. En un momento, se salieron de la ruta marcada para recorrer el desierto en estado puro, es decir, por la mitad del desierto y dejar “la parte turística”.

Pasó el tiempo, seguían cruzando el desierto. La moto poco a poco iba necesitando un respiro. Julio sabía que de un pueblo en el que había una “gasolinera” para repostar. La aldea estaba en mitad del desierto. Era pequeña, las casas estaban construidas con ladrillo hecho por una masa de paja y barro, de adobe. Era muy pobre. “Como si fuesen chabolas”, explica Miguel. Las motos se pararon en un cobertizo donde había dos personas. Comenzaron a hablar y de repente aparecieron niños, mujeres, hombres  y burros por todos lados. A los navarros les impactó la imagen. Los niños iban vestido con ropa vieja, sin lavar, alguna con algún agujero. Todos llevaban una sonrisa en la cara. Miraban las motos con ojos que parecían platos. Estaban expectantes. Los navarros se ofrecieron a subir a los pequeños a las máquinas de dos ruedas. Pero tenían respeto. Miguel habló en señas y un español lento con uno de los responsables para ofrecerse a dar una vuelta con alguien, pero no hubo voluntario.

A Miguel lo que le más le impactó de la aventura en Marruecos fue la felicidad que hay en esas aldeas. “No tienen nada, pero son super felices”. Cada vez que paraban en una población de este estilo, los niños se les tiraban encima. La vida en las pequeñas comunidades del Sahara es complicada. Mujeres y niños trabajan como uno más. Las mujeres bajan a los pozos a por agua para beber y para poder fregar y lavar la ropa. Los niños en muchas ocasiones iban a recoger fósiles o ramas para hacer fuego.

Una vez con los depósitos llenos los cuatro continuaron su camino. Siguieron atravesando el desierto con la ruta clara y sin ningún percance. Cuando ya habían recorrido 320 kilómetros hicieron una pausa. Mientras hablaban cayeron en la cuenta de que no tenían dinero para pagar el hostal de Mhamid. Las dudas y la preocupación invadieron las caras de los cuatro, pero Julio supo dar con la solución: volver a la ciudad de Zagora, en donde había un banco para sacar dinero.

Julio y Javier con sus KTM 640 adventure decidieron dar marcha atrás y deshacer 85 kilómetros para poder contar con efectivo para hacer frente a las deudas que iban a tener en Mhamid. “Fue duro”, dice Julio. Fue casi un contra reloj para que no anocheciera, porque por la noche la temperatura en el desierto desciende por debajo de los cero grados. Podía ser un viaje sin retorno.

Mientras tanto, Miguel y Iosu continuaron con la ruta, pero con la cabeza acompañando a sus compañeros. Dependían de ellos si querían descansar algo esa noche. Cuando volvieron con el dinero, hubo una gran paz y tranquilidad entre los navarros porque se solucionó el problema. Pero Julio y Javier estaban rendidos por hacer 170 kilómetros extra. Pero pudieron descansar en un hostal con camas confortables y calientes. Fue un viaje con retorno. 

El sexto día empezó como de costumbre. Levantada temprana, ver el amanecer, coger las motos y poner dirección a Nkob, una pequeña población  situada en el sur de Marruecos que está a 337 kilómetros de la gran ciudad de Marrakech.

Le dieron gas a la motos. Empezaron a recorrer el lago Iriki, una llanura completamente seca y en donde no hay agua. Recibe el nombre de lago porque era donde moría el rio Draa. Sin embargo, ahora con la construcción de la presa Ouarzate, el río dejó de llegar a este lago, para morir en la ciudad de Zagora.

Por esta razón, los turistas moteros aprovechan esta circunstancia para cruzarlo y así ahorrarse tiempo, kilómetros y gasolina. Una vez pasado las grandes zonas arenosas, empezaron a cruzar palmeras y ríos de arena. La zona es seca. Antes era una zona bañada por varios ríos, ahora lo que queda son ríos de arena secos, donde los motoristas pueden poner a prueba su límite de velocidad.

No solo fueron ríos secos, sino pasaron por oasis con palmeras, pequeños lagos y ríos poco profundos por donde pudieron parar las motos. En alguna ocasión, decidieron ir por ríos que tenían poco caudal, en vez de ir por el camino. “¿En qué marcha hay que ir?¿En tercera?”, preguntó Javier. “Tercera o cuarta, pero rápido”, corrigió Iosu. La adrenalina y los momentos compartidos iban aumentando y uniendo cada vez más a este grupo de navarros.

Después de ríos y lagos, llegaron al desierto del Erg Chegaga, un desierto que se encuentra en el sur de Marruecos. Los cuatro ya tenían experiencia de conducir por dunas, pero esta vez tenían el mismo problema: la moto pesaba mucho para ello. En la primera parte del desierto se puede apreciar que la vegetación intentaba resurgir entre las soleadas y tostadas dunas. Las acacias y los matorrales querían impedir el imperio de un paisaje marrón, ondulante y sin ninguna otra combinación de color.

“Con las adeventure con los depósitos llenos se complicaba mucho la cosa y tuvimos que tomar decisiones sobre la marcha”, cuenta Julio. Al principio fue bien, pero pronto cambió. Una, dos, tres caídas. Alguno se levantaba y seguía, en cambio, otros empezaban a “jurar en hebreo”, cuenta Miguel. Por esta razón el grupo decidieron dar marcha atrás, dar un pasito atrás, y volver a Zagora donde aprovecharon a coger fuerzas y así que los próximos kilómetros fuesen como dar dos pasitos hacía adelante con destino a Nkob. 

 Salida de Nkob, objetivo Imichil separados por 250 kilómetros en donde iba a ver un reencuentro que ninguno se imaginaba. Empezaron a dejar el Sahara y la arena detrás, para empezar a cambiar por grandes paredes de piedra que hacían que el sonido de las motos rebotase y no pasaran indiferentes para nadie. Cada uno de ellos llevaba tapones para que el oído no sufriera en exceso.

 

“Fue una de las rutas más bonitas”, dice Julio. Tenían que cruzar el Jebel Sagro, un macizo montañoso al sur de Marruecos. Este sistema se encuentra al este del Anti-Atlas y a menos de 100 kilómetros del sur del Atlas.

 

Estas montañas cierran el paso al desierto. A lo largo de los siglos han recibido unos vientos muy calurosos y cargados de arena lo que ha provocado que sus peñas sean de arenisca, quedando un relieve peculiar.

 

En este tipo de etapas en las que la temperatura ya no era como la del desierto, los navarros llevaron ropa térmica para aguantar las bajas temperaturas que amenazaban a las motos y a sus pilotos.

Julio tenía ganas de llegar a Imichil, una población situado en el Alto Atlas Central. Está situado en las elevadas y desoladas mesetas, que en invierno están cubiertas por la nieve y por en la época estival están bañadas por un gran sol. Esta pequeña ciudad es la capital de la tribu de los Ait Hadidou, unos pastores de tradición nómada que solían estar asentados en estas altas tierras.

La manera de abastecerse es de hace algunos siglos en donde los habitantes utilizan los límites de los terrenos de sus riberas, únicos cultivables, para cultivar cereales. “Tenía buena cosecha”, recuerda Miguel, que se dedica a esto.

Una vez llegaron Imichil pararon en el hostal en donde iban a pasar la noche. En esta ciudad se daría el reencuentro. Julio se cruzó con una niña. No era la única vez que la había visto. Miró unas fotos que llevaba encima. Dio con la que buscaba. La saco y paró a la niña que iba por la calle. Ella se paró y le miró. Julio la reconocía la niña no hasta que le enseñó la foto. Era ella hace tres años. La niña sonrió y la cara de curiosidad que tenía la cambió por una de felicidad. Fue a por sus padre, tenía la cara arrugada y un polo de manga larga de bombero. No tenían mucho para vivir, pero detalles como este hacían que se les olvidase todo.

Después de estar un rato con la familia, los navarros llegaron al hostal. Miguel no sentía bien ni con su barba ni con su pelo. Julio le propuso irse a una barbería que estaba cerca del hostal. No se lo pensó dos veces.

Después de andar unos 50 metros doblaron una esquina y encontraron el local. La puerta era de madera con cristales y una pegatinas en el letras árabes. Nada más entrar había un perchero negro con bolas de color dorado donde colgaron sus abrigos. En frente de la puerta hay unas sillas blancas de plástico, donde hay tres chavales de tez morena. Miguel se acerca a ellos y empieza a hablar en castellano, inglés y un poco de francés. El barbero, con un especie de delantal blanco con las magas negras, un bolsillo con dos contornos cabezas en el pecho izquierdo se ofrece a Julio empezar.

“Fue increíble”, admite Miguel. Él suele cortarse el pelo en la peluquería de sus primas, pero esta vez confió en Julio y le siguió. El pelo se lo cortaron muy  corto, como quería. La barba fue una experiencia. Nunca nadie antes le había afeitado. Se dejo. El barbero cogió la brocha con el jabón especial para la cara y en unos pocos minutos la tenía blanca a excepción de la comisura de los labios. Luego vino la sorpresa: la navaja. Miguel nunca se había afeitado “con la navaja de las películas”.

Una vez “niquelados” en la barbería, con el recuerdo de las montañas, de la niña y su reencuentro fue un día en el que se mezclaron muchas emociones muy diferentes, se empezaba a acumular emociones que no se pueden explicar.

Era la última etapa antes de volver a España. Tenían que llegar a Ifrane, una ciudad a 227 kilómetros de Imilchil, una población grande sitauda en la vertiente más noroccidental del Atlas Medio a unos 1.600 metros de altura.

Antes de poner rumbo a la ciudad, Julio les lleva al circo de Jaffar. Un lugar donde hay grandes acantilados rojizos. Iban con las expectativas muy altas. Comenzaron a entrar en la zona. La vegetación era rica en aquella zona lo que hacía que el lugar obtuviese otro tono diferente gracias, en concreto, a sus pinos y a sus robles, que era lo que más llamaba la atención. La única pega fue que la mayor parte de la ruta la recorrieron por carretera.

Los kilómetros empezaban a dejar mella en los navarros. Llevaban 1.800 kilómetros sobre dos ruedas. El cuerpo empezaba a quejarse. Las manos ya tenían marcas a pesar de los guantes. Todos pasaron momentos extraordinarios, pero empezaban a echar en falta la tranquilidad de la Ribera Navarra y su vegetación. Por lo que decidieron, continuar hacia una tipo de ciudad que no habían visto todavía.

Ifrane significa las cuevas. Recibe este nombre porque los primeros asentamientos humanos en esta tierra fueron en las cuevas, en el neolítico. Pero no tuvo más historia. La ciudad como tal fue fundada por un francés a finales de los años 20 del siglo pasado como un centro vacacional. De ahí que en la ciudad haya multitud de instalaciones que recuerden a Europa. Están construidas al estilo europeo con plantas rectangulares, tejados a doble agua con grandes ángulos y multitud de zonas verdes.

“Cuando entramos en la ciudad parecía que estuviésemos recorriendo Zurrich”, explica Miguel. A Ifrane se lo conoce popularmente como la Suiza Marroquí. No es solo por tener dos estaciones de esquí gracias a su altitud, sino por las formas de las casas o de las anchas calles y los espacios verdes entre manzanas.

Pero no solo se nota se nota por la estructura de la ciudad, sino también por la gente. Por la calle se encontraban con mujeres sin velo con rasgo europeo y con unos short acompañados por hombres que vestían chanclas y bañador. Los cuatro llegaron “reventados” después de los 277 kilómetros recorridos y decidieron darse un capricho. Encontraron un hotel con buena pinta. Parecía moderno. En el cartel anunciaba spa y cuatro estrellas, lo que necesitaban para volver a España en buena forma.

Pidieron dos habitaciones dobles. Se las dieron y para su sorpresa no había spa. Había una piscina con algunas algas. Además, las cuatro estrellas “eran de adorno”, según la opinión de alguno de los navarros. Lo decían porque era todo muy pobre, aunque lo que más indigno es que las puertas no abriesen.

 

Tocaba volver a casa. No podían parar un rato. El ferri que habían cogido salía esa misma noche a las seis de la mañana. Tenía tiempo. Fueron todo el rato por carretera, pero hubo una complicación llovió. Tuvieron que hacer una parada para ponerse los chubasqueros que Julio les había recomendado que llevasen.

 

La ruta era segura, volvían por carretera con las alforjas más cargadas que antes. Además de la ropa, las herramientas, el equipamiento que no utilizaron, hicieron hueco para los recuerdos para familiares. La moto no podía con más peso.

 

A mitad de camino hicieron una parada técnica. Julio conocía un lugar donde hacían un plato exquisito. Iosu, Javier y Miguel lo supieron apreciar. Eran sardinas. “No he tomado unas sardinas tan buenas en mi vida”, confiesa Miguel. Pidieron dos platos cargados de este pescado. No quedó ninguna.

 

Llegaron a Melilla a las 18:00. Era de noche. Recorrieron las calles de la ciudad autónoma española en busca de un hostal donde reposar un rato para coger el ferri a la seis de la mañana.

 

Mientras Julio dio con un hostal asequible al bolsillo de los navarros, el resto esperó sentado en unos sofás. Cuando Julio terminó de hacer las gestiones se los encontró dormidos. Lo habían dado todo.

 

Miguel dice que este viaje es el que más le ha llenado. Algunos amigos le tachaban de loco por irse a Marruecos a la aventura con su moto y tres compañeros de Tafalla. Miguel no les hizo caso y se fue. Ahora, después de volver de los ocho días por Marruecos ve las cosas de diferente manera. Aprecia todo mucho más hasta el más pequeño detalle. Este cambio lo han provocado grandes personas, niños que parecen gigantes porque aunque no tengan nada, siguen con una sonrisa en la cara. Son felices “a su manera” y con esto a Miguel se le pone la piel de gallina.

Miguel aconseja al que le guste la aventura y las motos que baje a Marruecos. “Hay que bajar una vez en la vida”, recomienda. “Es una mezcla entre aventura, adrenalina y sensaciones”. Esta combinación marca a cualquiera. Este viaje es como un tatuaje, un tatuaje interior. Una vez que te lo haces, no se puede borrar. Y  Miguel tiene claro que no se le va a quitar la marca, porque piensa repasarlo muchas veces: “mientras pueda bajaré con la moto y el día que no pueda, bajaré en todo terreno”.

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Ignacio Dusmet

Puede contar con los dedos de una mano las motos en las que se ha montado. Se embarcó en esta aventura con otros once –los mejores– porque era la oportunidad de poner en práctica un consejo que le dieron hace años: “Abre la mente y ya verás cómo te llegará a gustar”. Y así ha sido. Las motos han pasado de ser algo que molestaba en la carretera a ser un mundo apasionante y por descubrir historias, personas y alegrías.

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