El cuentamundos

Charly Sinewan da la vuelta al mundo por etapas desde 2009 y comparte sus experiencias con su amplia comunidad de seguidores online

Protagonistas
Jueves, 23 abril 2015 1487 Views 0 Comments
El cuentamundos

Son más de las cinco en Fort Dauphin, Madagascar, y el cielo ya está oscuro. Carlos García Portal se sienta frente al ordenador y sonríe. Se aparta el pelo todavía mojado de la cara, viene de hacer surf, jugar al fútbol y comer cebú, se disculpa por llegar tarde a la entrevista. Para sus más de 24.000 seguidores en Facebook, Carlos no es Carlos: es Charly Sinewan, un madrileño pegado a su BMW F800 GS que lleva casi seis años dando la vuelta al mundo en moto por etapas, una odisea que comparte en las redes sociales y en su página web.

“El Carlos de antes trabajaba en una oficina inmobiliaria en Madrid, donde tenía a su familia y amigos. Era un urbanita con una vida buena, divertida. Pero se aburrió”. Así de sencillo es para Charly explicar por qué no tiene una conducta al uso. ¿De pequeño quería ser un trotamundos? Cuenta que le atraía mucho la mecánica de coches, pero que eso no prosperó y que ahora es “bastante patán” para las averías. También le fascinaba el mundo audiovisual, hoy sus cámaras le acompañan a todas partes. Cuando le llegó el momento de decidir qué estudiar, no lo tenía claro. “En un acto de responsabilidad me puse a trabajar de comercial. No estudié una carrera pero me especialicé en Dirección Comercial y Marketing, también en Dirección de Empresas Inmobiliarias”. El Carlos de antes trabajaba en una oficina inmobiliaria en Madrid, donde tenía a su familia y amigos. Era un urbanita con una vida buena, divertida. Pero se aburrió

Su primera moto fue una Yamaha SR 250 Special. “Me la compré a los 19 con mi dinero y sin tener el carnet. Era de tercera o cuarta mano y la llevaba sin casco, porque en aquel entonces en ciudad no se necesitaba. Lo primero que hice fue viajar de Madrid a Valencia, de allí a Alicante y luego de vuelta a Madrid con una amiga”. Vendió su primer corcel un año después por lo mismo que le había costado: 150.000 pesetas, unos 900 euros. Desde entonces ha tenido unas ocho o nueve motos, todas de segunda mano, y las ha usado a diario.

“La moto siempre ha estado unida a mí, lo que pasa es que en 2009, con 34 años, di un paso más: un viaje largo hasta Australia”. Charly tenía dentro el germen del viaje desde los 20 años, ha recorrido toda España, además de Argentina, Chile o Senegal. Con 24 se fue solo a México, con una mochila y sin más planes que andar. Allí conoció a mucha gente que llevaba viajando meses y esa idea le fascinó. Desde entonces fantaseaba con la idea de trabajar mucho y retirarse pronto para poder dedicarse a recorrer mundo con lo que hubiese ahorrado.

Su sueño se ha cumplido antes de lo que pensaba: va a cumplir los cuarenta y lleva casi seis años viajando en moto alrededor del mundo. ¿Cómo puede permitírselo? Logra la financiación gracias a patrocinadores como BMW, Toruatech, Pirelli, El Idealista, Malévolo o Mi Nube. “Son pequeños sponsors pero si lo junto todo y viajo barato, se puede ir tirando. A veces también me pagan por artículos en algún medio, y tengo la Tienda Sinewan, donde se venden camisetas, pegatinas y artículos para la moto”. Por supuesto, también hace falta tener buenos amigos. Confiesa que ahora mismo en Fort Dauphin está alojado en un hotel que no se puede permitir, pero un amigo que tiene una tienda de viajes le ha conseguido un buen descuento. Señala emocionado las puertas de la terraza: “Tengo vistas al mar, ¡y una hamaca!”. Eso sí, advierte de que él siempre está trabajando, aunque lo haga en el lugar de vacaciones de la gente.

Las averías y los problemas, si no son dramáticos, al final se convierten en lo mejor del viaje.Llegó a Madagascar en junio de 2014 y estuvo allí hasta agosto, luego regresó a España. Tenía previsto quedarse dos meses, pero se convirtieron en 4 por un accidente de moto. Regresó a la isla en enero de 2015. “Llevo mucho tiempo aquí pero es un lugar muy especial y de difícil acceso”. No solo eso, sino que se ha topado con un problema: su embrague se averió y está esperando un recambio. Le resta importancia al percance: “Nos educan para ser autosuficientes, pero hay que saber pedir ayuda. Las averías y los problemas, si no son dramáticos, al final se convierten en lo mejor del viaje: te conoces a ti mismo y a quien tienes alrededor”.

Recorrer el mundo: equipaje y mucho más

Charly se maneja para que todo quepa en las maletas de la BMW. “Llevo demasiadas cosas. El camping ocupa y pesa mucho, llevo una tienda, una colchoneta, cocina y demás cacharros. Después también herramientas, que pesan lo suyo, pero lo que más ocupa son el ordenador y las cámaras, llevo muchísimos cables y varios objetivos”. Lo más ligero y lo que menos espacio resta es la ropa: “Ahora que viajo por el hemisferio sur no necesito ir muy abrigado”. Aunque queden pocos huecos, se arregla para llevar siempre unas cuantas camisetas del Atlético de Madrid para, como él dice, “evangelizar”. Aun así, la moto le pesa “una barbaridad”, son casi 300 kilos. Frunce el ceño y se queja de que es un suplicio tener que levantarla o tirar de ella cuando se cae o se queda enganchada.

Tiene todos los cachivaches necesarios para dar la vuelta al mundo, pero las herramientas por sí solas no bastan. ¿Hace falta saber varios idiomas? “Me manejo con el inglés lo suficiente para comunicarme y tener una conversación, pero no soy bilingüe ni nada por el estilo. Además, es mi único cartucho, porque no sé otro idioma. Por ejemplo, no tengo ni idea de francés, así que la parte francófona la he pasado hablando poco. Para lo básico, como comer y dormir, no hay problema, pero es una barrera para conocer a la gente, es una pena porque te pierdes muchas cosas”. Asegura que se puede viajar por todo el mundo sin un idioma en común, aprendes a comunicarte de otro modo. Hace unos días su moto se quedó atascada en el barro y unos lugareños de Madagascar le ayudaron a sacarla, se entendieron a base de gestos. Charly se toma con humor las conversaciones en las que no entiende nada, les sigue el juego a sus interlocutores.

Bien acompañado

Hace la travesía solo, pero cuenta con una gran comunidad de seguidores a través de Internet. Además, a la hora de producir contenidos cuenta con la ayuda de su amigo Nano en la edición de vídeos. Asegura que el tener gente que le sigue es el quid de la cuestión. “No creo que viajase tanto sin contarlo, una parte importantísima del viaje es compartirlo, porque sientes que estás haciendo algo, que no estás errando. No es un fenómeno fan, la comunidad en la que me muevo es la de la gente aficionada a viajar en moto, compartimos la pasión y eso nos une. Es maravilloso, lo valoro cada vez más. Lo llamo el Barrio 2.0, ahora ese es mi barrio y no La Latina”.

“Me gusta estar solo porque eso me permite conocer a gente nueva, observar y estar más receptivo. No viajo acompañado pero sí comparto etapas del viaje, por ejemplo este 2015 he rodado dos meses con la periodista Gemma Parellada y ha sido maravilloso, el año pasado viajé con la familia Zapp y también crucé Pakistán con otro motero. En cuanto a la logística, en moto y en viajes tan a la deriva como los míos, se toman cientos de decisiones diarias, encuentras a la pareja de viaje ideal o no es cosa fácil”. No viajo acompañado pero sí comparto etapas.

No responde rápido a si ha sentido miedo alguna vez. Dice que lo tuvo antes de entrar en Pakistán, país que cruzó con escolta militar, también el respeto le mantuvo alerta en Nigeria y la R.D. del Congo. Eso sí, opina que todo eso queda desplazado por la adrenalina, la supervivencia y la necesidad de avanzar. “Estás pendiente de la gasolina, de dónde duermes, de que te sellen el pasaporte. Alguna vez he tenido algún susto, eso sí. Una noche me quedé tirado cruzando un parque natural. Tuve que reaccionar rápido y encendí un fuego para ahuyentar a las fieras, pero por suerte no vi ningún león. Mis dos compañeros de ruta se dieron cuenta de que me habían perdido y volvieron por mí”.

No se separa de sus cámaras y no para de contar historias, aunque niega tener alma de reportero. “Para eso hay que tener una mirada educada y diferente, la mía no es periodística. Cuento cosas que veo alrededor pero no le busco la vuelta de tuerca. Pero me gustan las historias bonitas”. El viajero argentino Herman Zapp, que recorre el planeta en un coche de 1928, dice que Charly tiene otro tipo de alma: de misionero. Lo reflejan anécdotas como el videoclip que grabó a un grupo africano que no tenía recursos para sacar su música a la venta. El madrileño se ríe y dice que Zapp le puso el apodo de “la misionera” a su moto. Confiesa que en ocasiones duda de la cooperación, pero que admira a los misioneros, el pasado septiembre escribió sobre uno de ellos en El País.

Casi todas las publicaciones de Charly Sinewan son relatos felices, de esperanza. ¿Por qué no cuenta cosas malas? “Sencillamente, no me topo con ese tipo de historias. Por ejemplo, la imagen que tenemos de África es un niño flaco con moscas en la cara. Claro que los hay, pero yo no me he encontrado ninguno en 60.000 kilómetros. Ojalá haya periodistas que cuenten esa realidad, pero yo no soy periodista y no me encuentro esas historias, hay que buscarlas. Yo no me dedico a eso, sino a generar entretenimiento. Por supuesto, si me encuentro una historia dura, la contaré”.

El mundo: un hogar enorme

Viaja sin billete de vuelta a casa, su hogar está donde le llevan las ruedas de su moto. Es un nómada. Lo supo en su primer viaje largo, cuando cruzando Irán y Pakistán se encontró cómodo con la inestabilidad. “Lo peor de vivir así es que hay relaciones que se complican, lo mejor es que se alarga la vida, porque cada día es diferente e intenso. El ser un nómada es un ciclo que, como todos, se acabará. No sé hacia dónde, ni me preocupa”, apunta.Lo mejor de ser un nómada es que se alarga la vida. “Aprendes a observar y no juzgar, y hablas con alguien todos los días, hablas de verdad y te miras a los ojos, porque tienes más tiempo y no dependes de ningún compromiso”.

Seis años dan para mucho. Para empaparse de humanidad y ver que en casi medio centenar de países la gente comparte el deseo de ser amado y reconocido, la necesidad de la amistad, de seguridad. También dan para hacer amigos. “Te cruzas con gente que sabes que es un actor secundario en tu vida, con gente con la que realmente conectas pero a la que sabes que no volverás a ver después de la conversación. Y con un porcentaje muy pequeño de personas que te traspasan la piel. Tengo amigos de verdad gracias a los viajes, pero la nuestra es una relación que no pasa por verse mucho o hablar mucho”.

Comienza a hablar del futuro y se ríe, advierte de que va a parecer un gurú. Y, en efecto, suelta un eslogan: “El futuro no existe. Tenemos lo que tenemos ahora, mira el accidente de Germanwings”. Su plan es (de nuevo el gurú) que no hay plan. Pero, por ahora, tiene más o menos un mapa trazado. Cruzará hasta Tanzania o Mozambique en carguero, luego irá hacia arriba hasta llegar a Etiopía. Allí decidirá si rueda por Egipto o coge un ferry para llegar a Omán. Recorrerá los Emiratos Árabes para llegar a Irán y seguirá su camino por Europa del Este y Asia Central hasta alcanzar Japón. De allí pasará a Canadá y coserá América de arriba abajo, hasta llegar al fin del mundo: la población costera de Ushuaia, en Argentina. A veces se imagina llegando allí y se ve con demasiadas canas, cada vez va a menos velocidad. Dibuja otra sonrisa: “No quiero perderme nada del mundo”.

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Ángela Irañeta

Oteadora de historias sobre dos pies, dos manos... O dos ruedas. Estudia Periodismo en la Universidad de Navarra y es la subdirectora de la publicación.

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